No es el caso de los futbolistas italianos: la táctica ha ganado la batalla contra el amor por el juego. En el pasado, la Serie A era sinónimo de inteligencia táctica y arte en el juego. Las escuadras italianas sabían cómo ganar, incluso cuando, en los resultados, perdían frente a sus rivales. Hoy en día, el fútbol italiano sufre cada vez más críticas por su excesiva cautela. No se trata de la falta de habilidad, sino del cambio en la filosofía que se utiliza en el juego.
El fútbol italiano ha evolucionado mucho: pasó de ser un juego defensivo a un sistema de control total. Los entrenadores italianos actuales apuestan por la disciplina, la autoridad y la minimización de los riesgos. Esto proporciona estabilidad en los torneos de clubes, pero a nivel de selecciones nacionales, esto pierde esa inesperabilidad que alguna vez hizo que los jugadores fueran legendarios y ganaran títulos. Los jóvenes talentosos prefieren jugar en la Premier League o en la Bundesliga, donde se valoran la disciplina, la autoridad y la disposición a asumir riesgos. Los jugadores que quedan en Italia no se han vuelto más débiles; simplemente, han cambiado. La disciplina sigue existiendo, pero la creatividad, esa chispa que permitía ganar partidos con soluciones no convencionales, se ha perdido en los sistemas rígidos.
Para recuperar su antigua fuerza, Italia no necesita renunciar a su forma de jugar. Lo que necesita es adaptarla al ritmo del fútbol moderno: añadir más audacia en los últimos minutos del partido, confiar en la individualidad en los momentos clave y dejar de temer a los errores. El pragmatismo es una buena base, pero sin creatividad, un hogar no se puede construir. Los futbolistas italianos todavía saben cómo sufrir en el campo. Ahora necesitan aprender a soñar de nuevo.